No sé bien cuánto duró ese amor que
se nos apareció a los dos cuando hacía frío de agosto en el corazón y nos
llovía un poco, a veces, el alma. Hicimos un esfuerzo agotador para que no
hubiera un sentimiento que después nos llevara a extrañarnos, pero sí. Tal
vez sólo am, así sin or. Pero se sentía bien, se sentía a palabra y sentimiento
completo.
Tres o cuatro noches y una tarde
de siesta. Las sábanas limpias, el aire liviano, el sol o la luna colándose por
entre las hendijas de la persiana que daba al norte. Los ruidos del norte
entraban también y daban un poco de miedo, pero nos abrazábamos fuerte y
apretábamos los labios para que no nos encontraran en esa cama inmensa de
náufragos que siempre, más tarde nos escupía a esos puertos predecibles a los
que solemos arribar a diario y muchas veces con casi nada de sentido, la
mayoría de los mortales.
Vos tan magia, yo no sé tan qué.
Ya se viene otro agosto y es como
si nunca hubiera vuelto el verano en el medio.