Ayer, mientras Pedro y los chicos
de la cuadra tomaban un Quillá calentito en la cocina, los escuché hablar sobre
la inminente llegada del día del niño. Compartían sus deseos y lo que querían recibir de regalo. Hablaban
fuerte, gritaban emocionados, hasta se levantaban de las sillas y hacían gestos
con las manitos en un intento de complementar y dejar en claro con eso, lo que
estaban diciendo.
Ipads, tablets, plays, notebooks,
iphones…Tincho comentaba con la boca llena de pan con manteca que el padre ya
le había prometido un viaje a la costanera y después al Mc Donalds, pero con
todo esto de la cuarentena habían acordado unos diamantes para el freefire.
En un momento, Chuli interrumpió
esa chorrera de palabras que no son de este país, ni de este barrio y con una
sinceridad conmovedora sentenció que él sólo esperaba que su madre consiga una
changa para así poder comprarle una pelota para el día del niño. Él se esmeraría,
por su parte, en buscar palomas y cuises gordos para el guiso de ese medio día
y que con eso él ya se sentía “re piola” y que le alcanzaba, y que si tenía que
esperar algo para el 16, todo eso se constituía en algo que “re valía la pena”.
Un silencio respetuoso se adueñó
del espacio. Los demás siguieron comiendo y mirando para abajo, buscando alguna
palabra entre los panes y las tazas, pero no hubo caso. Pedro tenía los ojos
humedecidos y la boca torcida, lo vi. Se le estruja el alma, lo sé porque es mi
hijo, y la emoción no tarda en llegarle a la cara.
Interrumpí la reunión para juntar
la vajilla y los restos de merienda.
Los chicos se fueron al campito.
Yo me senté con la cabeza hundida
entre las manos y con una parva de preguntas que no podré contestarme, por eso,
más tarde escribo, como siempre, como cada vez que me emociono, como todos los
días.