jueves, 28 de mayo de 2020

Los nuevos de al lado


Los de al lado se mudan de a poco, como quien no tiene muchas ganas de abandonar el viejo sitio. Lo sé porque llevan más de cuatro meses acarreando bártulos en un auto todo desvencijado por el que asoman cajas, patas de camas, cintos, envases viejos de Ponds, medias, libros y tapas de botellas de aceite entre otras cosas.
No sé lo que es vivir en dos lugares a la vez, a medias y en permanente traslado. Sin embargo, por lo que infiero, a esta gente no se la ve incómoda, ni apurada, ni acarreando esa angustia e incomodidad que genera cualquier mudanza en las personas en general.
Vinieron a la casa de al lado un Sábado a la tarde, día en que suele mudarse la gente en este planeta…o en esta ciudad. Esto sí es una certeza, se ven camiones y camionetas todo el tiempo por las calles mudando casas. Y también es una certeza, que casi siempre, para estos trámites, una lluvia cae inevitable dificultando un poco más la cosa.
Comenzaron un Sábado de Marzo y llovía un poco, también.
Las cortinas de la casa que los albergaría flameaban pendiendo de los caños oxidados, doblados; los hules de las mesas que la antigua moradora había dispuesto allí décadas antes, permanecían duros, desteñidos, marcados por cuchillos, pinchazos, con agujeros negros producto de algún cigarrillo deslizado del cenicero, y puedo aseverar, que también tendrían olor a azufre esos manteles asquerosos, capaz pegoteados.
Una lona puesta para atajar la molesta resolana de las tardes de verano, permanecía atrapada en las sogas de tendido del patio, sitio donde también había platitos de plástico llenos de agua sucia, medias y bombachas enterradas a medias en la tierra seca de los canteros áridos, pedazos de jaboneta ya amarilla y cuarteada en la vieja pileta de cemento, pelos, ganchos y la cabeza de una muñeca negra ya sin cabello y con la cara embarrada.
Los nuevos pusieron sobre este paisaje parte de sus cosas.
Una nena que viene juega con la muñeca rota.
Los padres acarrean las cajas y las van dejando esparcidas, sin abrir, contra los zócalos. Se sientan en la tarde frente a la televisión, comen, duermen y se siguen mudando dos o tres horas cada día.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Zorraaaa.

Cuando yo era mucho más chica y el complejo que me causaba tener una frente ancha y despejada (como playón de polideportivo, sí), me estaba truncando la existencia, mi madre sabía aplacarme la pena argumentando que las personas inteligentes, tenían, necesariamente, la frente ancha y que, por el contrario, los necios y mediocres, eran portadores de una frentecita mínima, tímida que no formaba distancia evidente entre las cejas y los flequillos.
Y sí, reconozco que me volví una mujer un poquitín más alegre. Convengamos, sí (vení sentido común sentate acá conmigo) que tuve que leer muchos libros y estudiar bastante porque bella nunca fui, más bien, moderadamente tocable, y a esa cosa nefasta ya, sumarle la cuestión de la frente prominente, no levantaba ni la estima en mi, ni, ni, nada, sigo.
A partir de los comentarios de mamá, mis percepciones empezaron a cambiar radicalmente. La propia se volvió un poquito más alentadora y las que tenía con respecto a los ajenos...se enajenaron.
Me torné casi paranoica, una observadora compulsiva que buscaba a toda costa frentes anchas para hacer amigos, para hablar de cosas sustanciales, para tener sexo sofisticado y audaz, o simplemente para no sentirme tan sola (mal de muchos, consuelo de tontos).
Cualquier comentario burdo, playo, que me llegara (y me arrastrara en mares de "irrefutabilidad"), me consolaba si salía de una frente acotada por un pensamiento jíbaro, osco y trunco. "Claro, ahí tenés...", me decía para mis adentros.
Mayor consuelo y goce me causaba formar parte de un grupo de amigas con fachada ancha, aunque lindas. Muchachas con ideas claras, prácticas y brillantes la mayoría del tiempo, auquee insípidas y apaisadas en algunos otros (no somos tan prolijas a la hora de pensar).
Novios de frente ancha duraron en esta vida mía mucho más que aquellos que la tenían chica (a la frente); aunque los primeros no eran más vistosos, sí eran entretenidos (según mi propia concepción de entretenimiento).
Todo se daba en perfecta armonía y concordancia con respecto a las palabras de mi madre. Mi frente ancha y yo, vencíamos al mundo que antes nos había hecho creer que una era fea al pedo.

Un día, después de un tiempo importante, me vi la nariz grande. En verdad, un compañero (que odié con todo mi corazón), hizo que yo me viera la nariz más grande (supe un tiempo después que él me amaba con todas las ganas y que "...como las uvas estaban verdes"(*)...las escupimos, dijo...), en fin, sí después de un tiempo asumí que mi nariz era grande, como mi frente.
Y quise, claro, hallar en algún lugar alguna ventaja (o más bien un antídoto), algo que se constituyera en una suerte de salvavidas arrojado por uno de los muchachitos de Baywatch (o por Luciano Castro y ya estamos bárbaro), pero no hubo caso.
Una sentencia casi definitiva se volvió a instalar en mi vida y mami no supo qué decirme, o sí, "los genes son...todas tus primas se limaron el huesito", dijo.

Y como todo tiene un final casi feliz, resultó que engordé los cachetes y la nariz es como que se redujo (efectos fotoshoperos domésticos), y mi compañero odioso se vino a vivir conmigo un día de abril del dosmilseis y con él nos regalamos una niña de nariz pequeña, frente ancha y ojos celestes de mar.


(*)La zorra y las uvasFábula de Esopo.En ella una zorra ve un racimo de uvas e intenta cogerlo. Al darse cuenta de que está demasiado alto las desprecia diciendo "¡Están verdes!". La moraleja de la historia es que a menudo los hombres fingimos despreciar aquello que secretamente anhelamos y que sabemos inalcanzable.

Abril


No se finge.
La polenta sin ganas.
Los besos.
El placer de las sábanas nuevas, o de las limpias.
Los Abriles.
No se finge.



Mi éxito consistió en olvidarme de lo que me hacía mal;
La sal, el cigarrillo, Abril,
Vos.

Una de la pandemia. Días de homeschooling.

Guarda mamá, en su cajoncito de cosas que le importan "dos mierdas", una cuchara de madera que le decoré en el año 1986 mientras transitaba el jardín de infantes.
Una cuchara de madera de las que se usan para ollas y sartenes teflonadas, toda cubierta con cáscaras de huevo patinados con betún marrón y con dejitos asquerosos de yema vieja.
Del mango, una notita primorosa que describe a mi madre como si fuera la señora que limpia la casa de Donald Trump: "Feliz día abnegada mujer".
No quiero pensar los días que le debe haber demandado a esa docente encontrar una palabra tan mundana, aprehensible, corriente, común y cálida? para describir a mi madre, a todas las madres de la sala de cinco de la escuela trecientos dieciséis.
Todas unas abnegadas.
Pienso. Esa señorita de guardapolvitos azul con cuellito ancho (la misma que nos instó a cerrar la boca a todos en un acto del día de la bandera para evitar así que cientos de moscas nos entren al cuerpo) se habrá jubilado ya? o abnegadamente estará diseñando sigilosa (con premeditación y alevosía), los contenidos para classroomcovid19?

En este barrio se ponen papas en oferta al mismo tiempo en que se velan los muertos matados por omisión o indiferencia.
Le mataron el hijo a un hombre. Un hombre que conozco de los años en que me iba en moto a dictar unos talleres en la orilla. Se lo mataron la noche anterior, al lado de la canilla de la virgen y se lo dejaron ahí, entre las flores de plástico, justo en ese altar improvisado y derruido que alguna vez fue una sugestión, una realidad o un delirio colectivo.
Alguien que pasó por allí debe haberlo acercado a patadas hasta el cordón porque hay un manchón de sangre en el medio de la calle y arriba del manchón, pegoteada y llena de moscas, una zapatilla del muerto.
Y el padre se lo encuentra al pibe desparramado con un gesto de terror que aún se le veía en la cara dura y blanca, mientras se iba al laburo, a las cinco, en bici.
En la mañana ya lo están velando.
Las papas están en una oferta imperdible y la gente se apura para meterse en la verdulería frente a la sala de velatorios.
La gente al lado de la sala, se apura por conseguir un lugar en lo de la señora que cura el empacho y el mal de ojo.
En la sala hay un muerto y hay un hombre que lo llora. Y nada.
Eso.

 Vivir los días es tomar decisiones todo el tiempo. decisiones para uno mismo, para los demás también. No hay una "universidad de elegi...