En este barrio se ponen papas en oferta al mismo tiempo en
que se velan los muertos matados por omisión o indiferencia.
Le mataron el hijo a un hombre. Un hombre que conozco de los
años en que me iba en moto a dictar unos talleres en la orilla. Se lo mataron
la noche anterior, al lado de la canilla de la virgen y se lo dejaron ahí,
entre las flores de plástico, justo en ese altar improvisado y derruido que
alguna vez fue una sugestión, una realidad o un delirio colectivo.
Alguien que pasó por allí debe haberlo acercado a patadas
hasta el cordón porque hay un manchón de sangre en el medio de la calle y
arriba del manchón, pegoteada y llena de moscas, una zapatilla del muerto.
Y el padre se lo encuentra al pibe desparramado con un gesto
de terror que aún se le veía en la cara dura y blanca, mientras se iba al
laburo, a las cinco, en bici.
En la mañana ya lo están velando.
Las papas están en una oferta imperdible y la gente se apura
para meterse en la verdulería frente a la sala de velatorios.
La gente al lado de la sala, se apura por conseguir un lugar
en lo de la señora que cura el empacho y el mal de ojo.
En la sala hay un muerto y hay un hombre que lo llora. Y nada.
Eso.
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