No iba a ser sencillo vivir, pero
a los raros nos enseñaron a soñar fuerte, como para no morir temprano, un poco,
diariamente.
Hubo un momento donde supe que
debería ponerme el traje de “superhéroa” o no saldría con vida. Fue una noche
en que mamá me acostó a su lado, me tapó hasta los ojos y tomó un libro de los
que tenía en la mesa de luz bajo la lámpara: “Cartas a una señorita en París”…y
arrancó, como quien va a leer una maravilla, o mejor, como quien te va a
regalar el mundo, pero del lado lindo.
“Todo parece tan natural como
siempre que no se sabe la verdad”, leyó apuntando con el dedo índice al techo y
mirándome de costado con un solo ojo, como una sentencia…y siguió vomitando
conejos rosados por arriba de las sábanas y a las paredes.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario