Reírme de mí.
Re irme de mí.
Los libros no son cosas; las mañanas y la lluvia, o las mañanas con lluvia, tampoco.
Esta manía de buscar sinónimos más precisos cuando aún hay "cosas" a las que ni siquiera nombre les pude poner.
-Nene! Dejá esa gomera.
-Señor, mi mamá me deja cazar cuises y palomas si son para
comer.
-Decile a tu mamá que te voy a matar a piedrazos porque te
voy a comer.
-Mami, el señor de acá a la vuelta (ese que hace todos los
domingos asado de “vaca asesinada” o de “pollo estrangulado”) ese, además debe
ser medio caníbal porque me dijo que me va a matar a piedrazos para comerme.
En fin, la hipocresía.
El miércoles me van a meter de cabeza en un resonador. Antes me van a inyectar unos líquidos de colores fluorescentes y después van a apretar un botón...adentro.
Me quieren ver las tetas, la izquierda, con precisión. Gustavo me dijo que es con corpiño y con una orden de Iapos. Cómo han cambiado los tiempos...el primer pibe que me tocó las tetas, antes me pagó una Santa Fe en la barra de Mina 57, me cantó unas canciones de Komanche, me llevó a la Mickey dos veces, o tres, y recién después, mis tetas.
Esta vez es diferente. Con esa ordencita de mierda, el señor del resonador accede al alma de tu teta y te dice que te quedes tranquila (que sí te hará cosas que quizás vos no quieras, pero tranqui, no te las va a chupar).
Al final el señor da enter a lo que se parece al simulacro de lo que va a ser tu sepultura. El aparato es frío, oscuro, ruidoso y te hace pensar que no tiene dos pedos que ver este trámite infeliz con lo que vos viniste a hacer a este mundo con tus tetas.
Ayer, mientras Pedro y los chicos
de la cuadra tomaban un Quillá calentito en la cocina, los escuché hablar sobre
la inminente llegada del día del niño. Compartían sus deseos y lo que querían recibir de regalo. Hablaban
fuerte, gritaban emocionados, hasta se levantaban de las sillas y hacían gestos
con las manitos en un intento de complementar y dejar en claro con eso, lo que
estaban diciendo.
Ipads, tablets, plays, notebooks,
iphones…Tincho comentaba con la boca llena de pan con manteca que el padre ya
le había prometido un viaje a la costanera y después al Mc Donalds, pero con
todo esto de la cuarentena habían acordado unos diamantes para el freefire.
En un momento, Chuli interrumpió
esa chorrera de palabras que no son de este país, ni de este barrio y con una
sinceridad conmovedora sentenció que él sólo esperaba que su madre consiga una
changa para así poder comprarle una pelota para el día del niño. Él se esmeraría,
por su parte, en buscar palomas y cuises gordos para el guiso de ese medio día
y que con eso él ya se sentía “re piola” y que le alcanzaba, y que si tenía que
esperar algo para el 16, todo eso se constituía en algo que “re valía la pena”.
Un silencio respetuoso se adueñó
del espacio. Los demás siguieron comiendo y mirando para abajo, buscando alguna
palabra entre los panes y las tazas, pero no hubo caso. Pedro tenía los ojos
humedecidos y la boca torcida, lo vi. Se le estruja el alma, lo sé porque es mi
hijo, y la emoción no tarda en llegarle a la cara.
Interrumpí la reunión para juntar
la vajilla y los restos de merienda.
Los chicos se fueron al campito.
Yo me senté con la cabeza hundida
entre las manos y con una parva de preguntas que no podré contestarme, por eso,
más tarde escribo, como siempre, como cada vez que me emociono, como todos los
días.
No sé bien cuánto duró ese amor que
se nos apareció a los dos cuando hacía frío de agosto en el corazón y nos
llovía un poco, a veces, el alma. Hicimos un esfuerzo agotador para que no
hubiera un sentimiento que después nos llevara a extrañarnos, pero sí. Tal
vez sólo am, así sin or. Pero se sentía bien, se sentía a palabra y sentimiento
completo.
Tres o cuatro noches y una tarde
de siesta. Las sábanas limpias, el aire liviano, el sol o la luna colándose por
entre las hendijas de la persiana que daba al norte. Los ruidos del norte
entraban también y daban un poco de miedo, pero nos abrazábamos fuerte y
apretábamos los labios para que no nos encontraran en esa cama inmensa de
náufragos que siempre, más tarde nos escupía a esos puertos predecibles a los
que solemos arribar a diario y muchas veces con casi nada de sentido, la
mayoría de los mortales.
Vos tan magia, yo no sé tan qué.
Ya se viene otro agosto y es como
si nunca hubiera vuelto el verano en el medio.
No iba a ser sencillo vivir, pero
a los raros nos enseñaron a soñar fuerte, como para no morir temprano, un poco,
diariamente.
Hubo un momento donde supe que
debería ponerme el traje de “superhéroa” o no saldría con vida. Fue una noche
en que mamá me acostó a su lado, me tapó hasta los ojos y tomó un libro de los
que tenía en la mesa de luz bajo la lámpara: “Cartas a una señorita en París”…y
arrancó, como quien va a leer una maravilla, o mejor, como quien te va a
regalar el mundo, pero del lado lindo.
“Todo parece tan natural como
siempre que no se sabe la verdad”, leyó apuntando con el dedo índice al techo y
mirándome de costado con un solo ojo, como una sentencia…y siguió vomitando
conejos rosados por arriba de las sábanas y a las paredes.
Seño, te juro qué no sé qué estoy
haciendo a veces…es más, no tengo idea del día que es, de la hora o de la estación
del año que transcurre.
Hago las cosas para que vos me pongas un MB, mami no me rete
y Fernández no me amenace por vez número veinte con que los vagos no vamos a
pasar (aunque esté pensando en hacer pasar a los repitentes, pero bue, ponele).
Ayer teníamos que estudiar con
mami un poco sobre las capas de la tierra, vos mandaste unos videos de Paka
Paka (que son aburridos, seño) y mami y yo los veíamos sentados en la cocina sin decirnos
nada, mirándonos de vez en cuando a los ojos con ganas de llorar. Es que
tenemos muchas ganas de llorar a veces no porque nos duela algo, sino porque no
sabemos “qué estamos haciendo a veces”)…entonces, como te decía, a mami se le
mojan los ojos y la boca se le hace chiquita y a mí se me mojan los ojos no
más, pero también me empieza a doler la panza.
El otro día también me dieron
ganas de llorar, pero esas que te vienen como cuando tenés ganas de comerte un
helado y tus papás no te llevan, bueno así, como de bronca. Es que yo estaba
tratando de concentrarme con algo que nadie pudo ni supo ni intentó explicarme
en esta casa, entonces cuando yo sentí que iba a poder solo, bueno, justo vino
Chechi (la mamá ese día le había flexibilizado la cuarentena), y ya tocó
timbre, ladró la perra, lo hice entrar al Chechi, y bueno, ya entré en ese
momento de mierda por llamarlo de alguna manera, tal vez me entiendas, tal vez
no, pero es un momento de mierda porque optás por lo más lindo después de estar
encerrado 60 días, y lo más lindo no es vivir en modo automático copiando,
pegando y subiendo fotos para que te claven un muy bueno.
Es también un momento de mierda
porque seguro vos pensás como yo, y no lo podés decir. A mami le pasa, a veces
para no pelear le dice a papá “está bien”, y ya estamos todos comiendo un asado
en el patio y escuchando música fuerte, o algo así.
Vos estás trabajando cuarenta
veces más que antes, yo estoy trabajando cuarenta horas menos, pero bueno,
tratando de robarle alguna tajada productiva a este año (la actividad de los
volcanes estuvo buena así que seguro la recordaré de viejo, en serio).
Te juro que no sé qué estoy
haciendo a veces. Sé que lo mejor que me sale la mayoría del tiempo. Pero soy
chico. Y a veces soy un pedazo de tela liviano sacudiéndose con los vientos de
lo inesperado, pero otras no. Otras sólo espero que venga el Chuchi, me toque
el timbre y que el viento inesperado se lleve volando mis hojas.
Vivir los días es tomar decisiones todo el tiempo. decisiones para uno mismo, para los demás también. No hay una "universidad de elegi...