viernes, 10 de julio de 2020

No sé bien cuánto duró ese amor que se nos apareció a los dos cuando hacía frío de agosto en el corazón y nos llovía un poco, a veces, el alma. Hicimos un esfuerzo agotador para que no hubiera un sentimiento que después nos llevara a extrañarnos, pero sí. Tal vez sólo am, así sin or. Pero se sentía bien, se sentía a palabra y sentimiento completo.

Tres o cuatro noches y una tarde de siesta. Las sábanas limpias, el aire liviano, el sol o la luna colándose por entre las hendijas de la persiana que daba al norte. Los ruidos del norte entraban también y daban un poco de miedo, pero nos abrazábamos fuerte y apretábamos los labios para que no nos encontraran en esa cama inmensa de náufragos que siempre, más tarde nos escupía a esos puertos predecibles a los que solemos arribar a diario y muchas veces con casi nada de sentido, la mayoría de los mortales.

Vos tan magia, yo no sé tan qué.

Ya se viene otro agosto y es como si nunca hubiera vuelto el verano en el medio.

 


viernes, 5 de junio de 2020

Cortázar modo DIY

No iba a ser sencillo vivir, pero a los raros nos enseñaron a soñar fuerte, como para no morir temprano, un poco, diariamente.

Hubo un momento donde supe que debería ponerme el traje de “superhéroa” o no saldría con vida. Fue una noche en que mamá me acostó a su lado, me tapó hasta los ojos y tomó un libro de los que tenía en la mesa de luz bajo la lámpara: “Cartas a una señorita en París”…y arrancó, como quien va a leer una maravilla, o mejor, como quien te va a regalar el mundo, pero del lado lindo.

“Todo parece tan natural como siempre que no se sabe la verdad”, leyó apuntando con el dedo índice al techo y mirándome de costado con un solo ojo, como una sentencia…y siguió vomitando conejos rosados por arriba de las sábanas y a las paredes.


miércoles, 3 de junio de 2020

Homeschooling. Chapter 2.

Seño, te juro qué no sé qué estoy haciendo a veces…es más, no tengo idea del día que es, de la hora o de la estación del año que transcurre.

Hago las cosas para que vos me pongas un MB, mami no me rete y Fernández no me amenace por vez número veinte con que los vagos no vamos a pasar (aunque esté pensando en hacer pasar a los repitentes, pero bue, ponele).

Ayer teníamos que estudiar con mami un poco sobre las capas de la tierra, vos mandaste unos videos de Paka Paka (que son aburridos, seño) y mami y yo  los veíamos sentados en la cocina sin decirnos nada, mirándonos de vez en cuando a los ojos con ganas de llorar. Es que tenemos muchas ganas de llorar a veces no porque nos duela algo, sino porque no sabemos “qué estamos haciendo a veces”)…entonces, como te decía, a mami se le mojan los ojos y la boca se le hace chiquita y a mí se me mojan los ojos no más, pero también me empieza a doler la panza.

El otro día también me dieron ganas de llorar, pero esas que te vienen como cuando tenés ganas de comerte un helado y tus papás no te llevan, bueno así, como de bronca. Es que yo estaba tratando de concentrarme con algo que nadie pudo ni supo ni intentó explicarme en esta casa, entonces cuando yo sentí que iba a poder solo, bueno, justo vino Chechi (la mamá ese día le había flexibilizado la cuarentena), y ya tocó timbre, ladró la perra, lo hice entrar al Chechi, y bueno, ya entré en ese momento de mierda por llamarlo de alguna manera, tal vez me entiendas, tal vez no, pero es un momento de mierda porque optás por lo más lindo después de estar encerrado 60 días, y lo más lindo no es vivir en modo automático copiando, pegando y subiendo fotos para que te claven un muy bueno.

Es también un momento de mierda porque seguro vos pensás como yo, y no lo podés decir. A mami le pasa, a veces para no pelear le dice a papá “está bien”, y ya estamos todos comiendo un asado en el patio y escuchando música fuerte, o algo así.

Vos estás trabajando cuarenta veces más que antes, yo estoy trabajando cuarenta horas menos, pero bueno, tratando de robarle alguna tajada productiva a este año (la actividad de los volcanes estuvo buena así que seguro la recordaré de viejo, en serio).

Te juro que no sé qué estoy haciendo a veces. Sé que lo mejor que me sale la mayoría del tiempo. Pero soy chico. Y a veces soy un pedazo de tela liviano sacudiéndose con los vientos de lo inesperado, pero otras no. Otras sólo espero que venga el Chuchi, me toque el timbre y que el viento inesperado se lleve volando mis hojas.


jueves, 28 de mayo de 2020

Los nuevos de al lado


Los de al lado se mudan de a poco, como quien no tiene muchas ganas de abandonar el viejo sitio. Lo sé porque llevan más de cuatro meses acarreando bártulos en un auto todo desvencijado por el que asoman cajas, patas de camas, cintos, envases viejos de Ponds, medias, libros y tapas de botellas de aceite entre otras cosas.
No sé lo que es vivir en dos lugares a la vez, a medias y en permanente traslado. Sin embargo, por lo que infiero, a esta gente no se la ve incómoda, ni apurada, ni acarreando esa angustia e incomodidad que genera cualquier mudanza en las personas en general.
Vinieron a la casa de al lado un Sábado a la tarde, día en que suele mudarse la gente en este planeta…o en esta ciudad. Esto sí es una certeza, se ven camiones y camionetas todo el tiempo por las calles mudando casas. Y también es una certeza, que casi siempre, para estos trámites, una lluvia cae inevitable dificultando un poco más la cosa.
Comenzaron un Sábado de Marzo y llovía un poco, también.
Las cortinas de la casa que los albergaría flameaban pendiendo de los caños oxidados, doblados; los hules de las mesas que la antigua moradora había dispuesto allí décadas antes, permanecían duros, desteñidos, marcados por cuchillos, pinchazos, con agujeros negros producto de algún cigarrillo deslizado del cenicero, y puedo aseverar, que también tendrían olor a azufre esos manteles asquerosos, capaz pegoteados.
Una lona puesta para atajar la molesta resolana de las tardes de verano, permanecía atrapada en las sogas de tendido del patio, sitio donde también había platitos de plástico llenos de agua sucia, medias y bombachas enterradas a medias en la tierra seca de los canteros áridos, pedazos de jaboneta ya amarilla y cuarteada en la vieja pileta de cemento, pelos, ganchos y la cabeza de una muñeca negra ya sin cabello y con la cara embarrada.
Los nuevos pusieron sobre este paisaje parte de sus cosas.
Una nena que viene juega con la muñeca rota.
Los padres acarrean las cajas y las van dejando esparcidas, sin abrir, contra los zócalos. Se sientan en la tarde frente a la televisión, comen, duermen y se siguen mudando dos o tres horas cada día.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Zorraaaa.

Cuando yo era mucho más chica y el complejo que me causaba tener una frente ancha y despejada (como playón de polideportivo, sí), me estaba truncando la existencia, mi madre sabía aplacarme la pena argumentando que las personas inteligentes, tenían, necesariamente, la frente ancha y que, por el contrario, los necios y mediocres, eran portadores de una frentecita mínima, tímida que no formaba distancia evidente entre las cejas y los flequillos.
Y sí, reconozco que me volví una mujer un poquitín más alegre. Convengamos, sí (vení sentido común sentate acá conmigo) que tuve que leer muchos libros y estudiar bastante porque bella nunca fui, más bien, moderadamente tocable, y a esa cosa nefasta ya, sumarle la cuestión de la frente prominente, no levantaba ni la estima en mi, ni, ni, nada, sigo.
A partir de los comentarios de mamá, mis percepciones empezaron a cambiar radicalmente. La propia se volvió un poquito más alentadora y las que tenía con respecto a los ajenos...se enajenaron.
Me torné casi paranoica, una observadora compulsiva que buscaba a toda costa frentes anchas para hacer amigos, para hablar de cosas sustanciales, para tener sexo sofisticado y audaz, o simplemente para no sentirme tan sola (mal de muchos, consuelo de tontos).
Cualquier comentario burdo, playo, que me llegara (y me arrastrara en mares de "irrefutabilidad"), me consolaba si salía de una frente acotada por un pensamiento jíbaro, osco y trunco. "Claro, ahí tenés...", me decía para mis adentros.
Mayor consuelo y goce me causaba formar parte de un grupo de amigas con fachada ancha, aunque lindas. Muchachas con ideas claras, prácticas y brillantes la mayoría del tiempo, auquee insípidas y apaisadas en algunos otros (no somos tan prolijas a la hora de pensar).
Novios de frente ancha duraron en esta vida mía mucho más que aquellos que la tenían chica (a la frente); aunque los primeros no eran más vistosos, sí eran entretenidos (según mi propia concepción de entretenimiento).
Todo se daba en perfecta armonía y concordancia con respecto a las palabras de mi madre. Mi frente ancha y yo, vencíamos al mundo que antes nos había hecho creer que una era fea al pedo.

Un día, después de un tiempo importante, me vi la nariz grande. En verdad, un compañero (que odié con todo mi corazón), hizo que yo me viera la nariz más grande (supe un tiempo después que él me amaba con todas las ganas y que "...como las uvas estaban verdes"(*)...las escupimos, dijo...), en fin, sí después de un tiempo asumí que mi nariz era grande, como mi frente.
Y quise, claro, hallar en algún lugar alguna ventaja (o más bien un antídoto), algo que se constituyera en una suerte de salvavidas arrojado por uno de los muchachitos de Baywatch (o por Luciano Castro y ya estamos bárbaro), pero no hubo caso.
Una sentencia casi definitiva se volvió a instalar en mi vida y mami no supo qué decirme, o sí, "los genes son...todas tus primas se limaron el huesito", dijo.

Y como todo tiene un final casi feliz, resultó que engordé los cachetes y la nariz es como que se redujo (efectos fotoshoperos domésticos), y mi compañero odioso se vino a vivir conmigo un día de abril del dosmilseis y con él nos regalamos una niña de nariz pequeña, frente ancha y ojos celestes de mar.


(*)La zorra y las uvasFábula de Esopo.En ella una zorra ve un racimo de uvas e intenta cogerlo. Al darse cuenta de que está demasiado alto las desprecia diciendo "¡Están verdes!". La moraleja de la historia es que a menudo los hombres fingimos despreciar aquello que secretamente anhelamos y que sabemos inalcanzable.

Abril


No se finge.
La polenta sin ganas.
Los besos.
El placer de las sábanas nuevas, o de las limpias.
Los Abriles.
No se finge.



Mi éxito consistió en olvidarme de lo que me hacía mal;
La sal, el cigarrillo, Abril,
Vos.

Una de la pandemia. Días de homeschooling.

Guarda mamá, en su cajoncito de cosas que le importan "dos mierdas", una cuchara de madera que le decoré en el año 1986 mientras transitaba el jardín de infantes.
Una cuchara de madera de las que se usan para ollas y sartenes teflonadas, toda cubierta con cáscaras de huevo patinados con betún marrón y con dejitos asquerosos de yema vieja.
Del mango, una notita primorosa que describe a mi madre como si fuera la señora que limpia la casa de Donald Trump: "Feliz día abnegada mujer".
No quiero pensar los días que le debe haber demandado a esa docente encontrar una palabra tan mundana, aprehensible, corriente, común y cálida? para describir a mi madre, a todas las madres de la sala de cinco de la escuela trecientos dieciséis.
Todas unas abnegadas.
Pienso. Esa señorita de guardapolvitos azul con cuellito ancho (la misma que nos instó a cerrar la boca a todos en un acto del día de la bandera para evitar así que cientos de moscas nos entren al cuerpo) se habrá jubilado ya? o abnegadamente estará diseñando sigilosa (con premeditación y alevosía), los contenidos para classroomcovid19?

En este barrio se ponen papas en oferta al mismo tiempo en que se velan los muertos matados por omisión o indiferencia.
Le mataron el hijo a un hombre. Un hombre que conozco de los años en que me iba en moto a dictar unos talleres en la orilla. Se lo mataron la noche anterior, al lado de la canilla de la virgen y se lo dejaron ahí, entre las flores de plástico, justo en ese altar improvisado y derruido que alguna vez fue una sugestión, una realidad o un delirio colectivo.
Alguien que pasó por allí debe haberlo acercado a patadas hasta el cordón porque hay un manchón de sangre en el medio de la calle y arriba del manchón, pegoteada y llena de moscas, una zapatilla del muerto.
Y el padre se lo encuentra al pibe desparramado con un gesto de terror que aún se le veía en la cara dura y blanca, mientras se iba al laburo, a las cinco, en bici.
En la mañana ya lo están velando.
Las papas están en una oferta imperdible y la gente se apura para meterse en la verdulería frente a la sala de velatorios.
La gente al lado de la sala, se apura por conseguir un lugar en lo de la señora que cura el empacho y el mal de ojo.
En la sala hay un muerto y hay un hombre que lo llora. Y nada.
Eso.

 Vivir los días es tomar decisiones todo el tiempo. decisiones para uno mismo, para los demás también. No hay una "universidad de elegi...